“Gobernar es poblar” dijo Alberdi, y fue esa frase el paradigma de los vencedores de Caseros inscripto en el Preámbulo de la Constitución de 1853 como la puerta abierta “a todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino”.Muchas veces se despobló para poblar. Las armas del ejército de línea exterminaron al indígena del desierto para hacerlo habitable por todos los hombres del mundo. Como el gaucho era inadaptable a las condiciones de la civilización importada, se lo exterminó. Sarmiento hizo una frase, “no ahorrar sangre de gauchos” y Mitre la ejecutó. La cabeza del Chacho, clavada en una pica en la plaza de Olta, dio testimonio de esa política civilizadora. La Universidad, el periodismo, los doctos en una palabra, lo aplaudieron y lo justificaron. Los aluviones inmigratorios poblaron el desierto. La extensión dejó de ser “el mal que aquejaba a la República Argentina”.
Nos enseñaron en la escuela a reverenciar esas frases hechas; nos perfeccionaron esa reverencia en la Universidad y la consolidaron la prensa y el libro. Este pensamiento constituía la doctrina de la oligarquía. La inquietud que importó su ejecución fue encubierta con el nombre de “duras exigencias del progreso”. El indio y el gaucho quedaron en el camino, exterminados en beneficio de la grandeza nacional. Así se nos dijo y nos acostumbramos a aceptarlo.
Un vago romanticismo, una melancólica nostalgia, fue el epitafio de generaciones sacrificadas que pasaron a figurar en el pintoresquismo folklórico.
Multiplicar la población del país, acelerar el ritmo de producción, hacerlo, pero hacerlo para que sea la granja. Poblarlo, pero hasta el justo límite de las conveniencias del comprador externo. Los seres humanos necesarios para producir lo que el Imperio necesita. La oligarquía liberal ha sido proteccionista algunas veces, eliminando la competencia extranjera. Es necesario eliminar los competidores argentinos, disminuir la población o condenarla a la dura ley del “no te morirás, pero te irás secando”. Por eso no se quieren las industrias, por eso no se quiere la diversificación, o, si se la acepta, que sea sólo como inversión expoliadora del extranjero para que no gravite en el poder de compra de las masas.
Avellaneda fue el que dijo: “Ahorraremos sobre el hambre y la sed del pueblo” para pagar a los acreedores extranjeros. El pensamiento sigue siendo el mismo y todo el progresismo de la oligarquía queda revelado como la máscara tras la cual se ocultó la finalidad perseguida: organizar el país como abastecedor barato de otras poblaciones, ¡no la nuestra! ¡Esta, que vaya a vaciar las alcancías de los niños! Mientras, se malbaratan nuestros productos en el mercado internacional y se ciegan las fuentes de ocupación que el desarrollo industrial había creado.
Arturo Jauretche, marzo de 1957, publicado en Revista “Qué” y extraído de “Filo, Contrafilo y punta” de Peña Lillo Editor.





