El plumaje de los pájaros


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Cuéntase que en épocas muy remotas, ya existían en nuestras tierras, plantas que lucían flores de preciosos y variados colores. No sucedía lo mismo con nuestros pájaros, cuyo plumaje era en todos igual: del color de la tierra con que los hiciera el Dios Inti.

-Nosotros -pensaron con toda justicia nuestros pájaros- también podemos, como las flores, lucir en nuestras plumas esos mismos colores con que ellas se hacen admirar tanto.
Y como era deseo de todos los pájaros poder lucir plumas de hermosos colores, resolvieron reunirse a la salida del sol para pensar cómo lograrlo.
Los más madrugadores, como la calandria, el hornero, el churrinche y el jilguero, fueron los primeros en abandonar sus nidos, recomendando a sus pichoncitos mucha obediencia y cuidado durante su ausencia.
Miles de pájaros, cantando todos a la vez, llegaban de a poco y en medio de tanta alegría, transcurrida media mañana, la asamblea de nuestros pájaros, llegó a una decisión: viajarían hasta el Dios Inti a pedirle que les pintara sus plumas con los colores de las flores.

También idearon la forma de manifestarle su contento a modos de agradecimiento: elevarían en su honor un himno de gratitud, uniendo todos sus más melodiosos cantos.

Sin pérdida de tiempo, comenzaron a preparar el viaje. Salieron en una mañana hermosa, pensando regresar al anochecer.

Pero algunos tuvieron que quedarse: nuestro laborioso hornerito, se quedó construyendo su nido. Ya sabemos que su plumaje está muy de acuerdo con su arte de humilde y sabio constructor. Desde entonces el hornero orienta siempre su nido hacia el sol.
La tacuarita o ratona no viajó, porque sus pichoncitos eran aún muy pequeños y estaba enseñándoles a volar. Desde entonces sólo canta cuando brilla el sol, y lo hace mirando hacia él.
El pirincho o pirirí tenía la tarea de ser útil en unos sembrados; y como siempre fue tan cariñoso y buen compañero del hombre, desde aquella época se lo quiere más por bueno que por bello.
La calandria tuvo por misión alegrar la soledad del bosque con su cantar maravilloso. Y lo hizo con arte tan exquisito; puso en su canto tanta gracia y armonía, que desde entonces es el pájaro cantor que no tiene rival en toda América.
Y hubo uno pequeñito, que por ser tan pequeñito no pudo volar al cielo. Era el tumiñico o picaflor. Este diminuto pajarito quedó volando, inquieto y ligero, sobre las flores del bosque. Era tal su impaciencia, esperando el regreso de los pájaros viajeros, que no se quedaba quietecito ni un instante. Así anduvo todo el día, volando de flor en flor.
El Dios Inti, sabiendo que las avecillas no llegarían a él, porque se quemarían con el calor de sus rayos, reunió algunas nubes, les ordenó que lo ocultasen y que hicieran caer una copiosa lluvia, justo en el lugar donde viajaban las aves. Luego hizo que las nubes se apartasen para dar lugar a un espléndido arco iris. Al ver esto,

todos volaron presurosos y se posaron en él a fin de que les diese un poquito de belleza para sus deslucidos plumajes. Cada uno elegía el color que más le agradaba.
El cardenal metió su cabecita con copete en la franja roja, y con eso se quedó muy contento.
El dorado se paseó largo rato por la amarilla. El churrinche se tiñó casi todo de color rojo vivo, y dejó sus alitas oscuras como la noche Tantos colores eligió el sietecolores, que consiguió para sus plumas todos los que le dio el arco iris.

En medio del alboroto por la llegada de los felices viajeros, aparece el tumiñico; el más pequeñito de todos; ¡el más espléndido! Una sola exclamación salió de todos los piquitos:
-¿Cómo tienes esas plumas tan brillantes y preciosas si tú no has volado hasta el arco iris?
Picaflor oyó esta pregunta y otras muchas que le hicieron sus amiguitos del bosque, y no supo responder.
Pero vino en su ayuda una flor, que dijo:
-Tumiñico tiene ahora los colores del iris, los de nuestros pétalos y los de las piedras preciosas, porque ama la luz, la miel de los cálices y las gotas de rocío...
Picaflor se miró en el agua tranquila de un arroyito cercano, voló de una flor a otra, y lanzando al aire su gritito, dijo: -¡Cantemos a Inti el himno prometido! Y el coro de las mil voces armoniosas se elevó hasta el cielo.

LEYENDA CALCHAQUÍ

VOCABULARIO
Inti: Sol
Tumiñico: Picaflor.

Imagen de la nota disponible en Internet en: Hilandomundos