La Tierra nos ve pasar, programados para consumir, formateados para gastar, influenciados a pensar de un único modo, a mirar sin ver. Nos observa con ojos eternos, expectante;
son millones de años de experiencia frente a puñaditos de vida
que se estrellan contra los acantilados del Tiempo.
Ella pudo ver el milagro de la vida, esa misteriosa chispa cuyo secreto sólo ella guarda; fue privilegiada espectadora de la intrincada complejización y ramificación de aquellos primeros organismos que fueron poblándola, y a los cuales ella acogió amorosamente. Y de entre ellos, nos vió surgir,
Ella pudo ver el milagro de la vida, esa misteriosa chispa cuyo secreto sólo ella guarda; fue privilegiada espectadora de la intrincada complejización y ramificación de aquellos primeros organismos que fueron poblándola, y a los cuales ella acogió amorosamente. Y de entre ellos, nos vió surgir,
erguirnos orgullosos y comenzar a recorrerla.
Durante años, vivimos en aparente armonía, respetándola y rindiéndole cultos sagrados; agradecida, nos otorgó alimento, abrigo y cobijo por mucho tiempo.
Pero un día, nos vió desligarnos de sus amorosos brazos y correr hacia la gran urbe, ese monstruo que se alimentó de sus árboles, de sus minerales celosamente guardados, de su espesa sangre, de sus aguas. Nos escuchó rodearnos de un bullicio ensordecedor, acallando su llamado, sus pájaros, el rumor de sus vientos que otrora acariciara nuestros sentidos. Observó cómo interponíamos barreras para evitarla: vidrios, cemento, rejas; nada pareció ser suficiente para guarecernos de nuestro verdadero origen. Y aún así, ella aguarda…
Incluso hoy, mientras horadamos el interior de sus montañas y expoliamos su superficie y recursos,
Durante años, vivimos en aparente armonía, respetándola y rindiéndole cultos sagrados; agradecida, nos otorgó alimento, abrigo y cobijo por mucho tiempo.
Pero un día, nos vió desligarnos de sus amorosos brazos y correr hacia la gran urbe, ese monstruo que se alimentó de sus árboles, de sus minerales celosamente guardados, de su espesa sangre, de sus aguas. Nos escuchó rodearnos de un bullicio ensordecedor, acallando su llamado, sus pájaros, el rumor de sus vientos que otrora acariciara nuestros sentidos. Observó cómo interponíamos barreras para evitarla: vidrios, cemento, rejas; nada pareció ser suficiente para guarecernos de nuestro verdadero origen. Y aún así, ella aguarda…
Incluso hoy, mientras horadamos el interior de sus montañas y expoliamos su superficie y recursos,
mientras pretendemos estallar sus glaciares, la Tierra espera…
Sus ojos anhelan el día en que los nuestros se posen en ella; ese día se revelará ante nosotros el más obvio y resonante de los hechos: la Tierra y nosotros tenemos un destino común, somos uno, y dependemos totalmente uno de otro.
Tal vez ése sea el mágico momento en que por fin crezca la conciencia de asumir un verdadero compromiso con nuestro entorno, nuestros hijos y hermanos, y con el futuro por venir, que también es parte de la Tierra, porque sucederá aquí, a orillas del río que contaminamos, sobre este suelo que atestamos de químicos,
Sus ojos anhelan el día en que los nuestros se posen en ella; ese día se revelará ante nosotros el más obvio y resonante de los hechos: la Tierra y nosotros tenemos un destino común, somos uno, y dependemos totalmente uno de otro.
Tal vez ése sea el mágico momento en que por fin crezca la conciencia de asumir un verdadero compromiso con nuestro entorno, nuestros hijos y hermanos, y con el futuro por venir, que también es parte de la Tierra, porque sucederá aquí, a orillas del río que contaminamos, sobre este suelo que atestamos de químicos,
y en este aire que enviciamos.
Tal vez ése sea el instante único en que su voz sabia resuene en nosotros, y nos hable de las consecuencias que nuestros actos generan; de cuánto tarda en descomponer los distintos materiales que a ella arrojamos, o de qué tan lejos pueden volar las bolsas plásticas que utilizamos para todo...
Tal vez… tal vez sea esta voz que estás escuchando la voz de la Tierra; que te acerca el mensaje milenario de unos ojos que ven más allá de los míos y los tuyos… que nos ven autodegradarnos, corrompernos, quemarnos, talarnos, porque somos la Tierra y lo que le hacemos nos lo estamos haciendo también a nosotros.
Puede que sea ésta la hora de detenerse a observar, a escuchar, a respirar el antiguo llamado, de absorber este nuevo conocimiento.
Tal vez ése sea el instante único en que su voz sabia resuene en nosotros, y nos hable de las consecuencias que nuestros actos generan; de cuánto tarda en descomponer los distintos materiales que a ella arrojamos, o de qué tan lejos pueden volar las bolsas plásticas que utilizamos para todo...
Tal vez… tal vez sea esta voz que estás escuchando la voz de la Tierra; que te acerca el mensaje milenario de unos ojos que ven más allá de los míos y los tuyos… que nos ven autodegradarnos, corrompernos, quemarnos, talarnos, porque somos la Tierra y lo que le hacemos nos lo estamos haciendo también a nosotros.
Puede que sea ésta la hora de detenerse a observar, a escuchar, a respirar el antiguo llamado, de absorber este nuevo conocimiento.
Tal vez sea hoy el tiempo de pensar como la Tierra.
Luciana Gallardo
Luciana Gallardo






